terça-feira, 16 de janeiro de 2018

355ª Nota - Erros e contradições da FSSPX sobre o Magistério da Igreja



La caridad de un buen amigo nos hizo conocer el artículo* al que nos referimos, el mismo despertó primero nuestro interés, el cual fue diluyéndose a medida que avanzaba la lectura.

El artículo en cuestión pertenece a un Sacerdote de la FSSPX, editado en el Sitio Oficial Italiano de la misma y, por lo mismo, entendemos que con la anuencia y aprobación de la dicha Fraternidad; está dividido en cinco puntos y en el último párrafo del quinto de ellos, es decir como conclusión, postula la caridad que debe regir las discusiones teológicas. Esta intención del autor es por demás cierta y laudable y, tratando de corresponder a la misma, nos permitiremos hacer algún comentario. Sin duda la redacción del artículo exigió algún esfuerzo de parte de su autor, aún así, parte de una distinción mal aplicada, hace afirmaciones con pruebas insuficientes o contrarias  a la realidad histórica que contaron los testigos contemporáneos, afirma y defiende el principio  de no contradicción para contradecirse más adelante, cita autores en defensa de sus argumentos quienes niegan claramente los mismos en sus obras. Trataremos de mostrar lo que decimos.

El artículo parte del hecho de la inserción en las Acta Apostolicae Sedis de una carta de Francisco a los Obispos de la región de Buenos Aires en Argentina reivindicando de manera definitiva lo enseñado en su documento “Amoris Laetitia” acerca de la posibilidad de dar la comunión a quienes antes la Santa Iglesia la negaba. Puestos en presencia de una enseñanza oficial, de un acto de Magisterio, contrario a las enseñanzas anteriores de la Iglesia el autor trata de explicar la noción verdadera del Magisterio y su necesidad e indica dos errores contrarios según su conclusión. Para justificar su solución “intermedia entre dos errores” cita al Padre Reginaldo Garrigou Lagrange en su libro “Las Tres Edades de la Vida Interior” y afirma: “La Verdad se encuentra siempre entre dos extremos”.

Ad Primum

El Padre Garrigou Lagrange sabía demasiada filosofía como para equivocarse tan básicamente. La cita de su libro “Las tres edades de la Vida Interior” es la indicada por el autor del artículo pero no se refiere a la verdad que corresponde a la naturaleza de algo sino a la verdad de una actitud moral por la cual el hombre se opone bien o mal al desorden causado por el pecado. Aquí la cita completa del Padre Garrigou Lagrange:
“Cap. II: El Naturalismo práctico y la mortificación según el Evangelio.
Luego de haber dado una idea general de la edad espiritual de los comenzantes, es preciso hablar del trabajo que se les impone para evitar recaer en el pecado… Primeramente conviene notar aquí dos tendencias extremas y erróneas, de una parte el naturalismo práctico muy frecuente, en el cual cayeron los quietistas, y por otra la austeridad soberbia jansenista que no viene del amor de Dios. La verdad se eleva como una cumbre en medio de esos dos extremos que representan las desviaciones contrarias del error.” (Obra citada pág. 377 in capite, ediciones du Cerf, año 1938. París.)

La Verdad respecto al Magisterio corresponde a la naturaleza de dicho Magisterio, con los límites y extensión que le dio Jesucristo Nuestro Señor y la misma Santa Iglesia los explicó, y no a la actitud moral con que quieran verlo sus sujetos pasivos.

Pongamos un ejemplo similar. Si habláramos de la Realeza propia de Nuestro Señor Jesucristo la verdad no estaría entre dos extremos, uno que la exaltaría hasta el infinito y otro que la rebajaría y restringiría. La Realeza propia de Nuestro Señor, justamente no tiene límites y es infinita y sería erróneo rebajarla aún un ápice; Realeza que tiene por su naturaleza divina que lo hace necesariamente reinar sobre todo lo que no sea Dios, por derecho propio ya que unido a su naturaleza humana necesariamente es Cabeza de la humanidad por la prerrogativa de ser a la vez Persona Divina y por conquista en razón de sus méritos infinitos. Así entonces la verdad no es siempre, como dice el autor del artículo un término medio elevado entre dos errores extremos. Sentado el artículo sobre una distinción falsa tambalea todo su contenido.
                       
Ad Secundum

El primer error, abajo y a la extrema derecha de la solución del autor, sería el de la solución Sedevacante con sus explicaciones variadas y que iría en contra del “sentido eclesial”. Aquí el autor cita al Papa Pio XII enseñando que el Magisterio en la Iglesia es la Regla próxima de la Fe.

Es claro que el Magisterio lo es pero de allí concluye el autor dos afirmaciones que no se siguen necesariamente:
- La Santa Iglesia no podría subsistir un demasiado largo tiempo sin un Papa reinante;
- Ella no podría subsistir tampoco sin el Magisterio (ejercido “in actu”, en acto).

La vacancia posible de la Santa Sede no ha tenido definición de límite de tiempo por ningún documento oficial de la Santa Iglesia y, de hecho, durante el cisma de Occidente en que hubo tres Papas simultáneos (a los cuales hizo renunciar el Cónclave definitivo que eligió cuarto Papa a quien reconoció la Iglesia universal) la vacancia (Papa incierto) duró más de cuarenta años. La Cabeza real de la Santa Iglesia y la cual da vigor y perennidad a Ella es Nuestro Señor Jesucristo y no su Vicario y dicha Cabeza nunca hace defección ni lo hará.

El Magisterio no se limita a las enseñanzas actuales de determinado Papa. El autor se refiere al Magisterio como algo constitutivo de la Santa Iglesia y es correcto, pero aplica lo mismo al Magisterio de un sujeto concreto y en cuanto tal no es constitutivo de la Santa Iglesia. Me explico, el Papado es de Pedro y Pedro hay uno perpetuado como Vicario en sus sucesores de manera que la enseñanza no se restringe a lo contemporáneo (in actu) sino a todo lo enseñado desde siempre que es fuente más que suficiente para discernir verdad de error respecto a la Doctrina, al menos suficiente hasta que haya un verdadero Papa en la Iglesia.

En el mismo número 2 el autor, en el cuarto párrafo (página 2 in capite) hace una afirmación que negará más adelante (página 3 párrafos 2º y 3º).

La primera afirmación (pag. 2 párrafo 4º):
“… Pues, no somos nosotros quienes podemos determinar a priori, sobre la base de una tesis prefabricada, cuál es la autoridad de un texto promulgado por el Papa sinó que es el mismo Papa quien manifiesta su intención (su mente, según el término ya consagrado) y a nosotros toca el recibirla como tal”.

Su contradicción (pag. 3 párrafos 2º y 3º):
“Se sigue que si se propone (al fiel) de creer, al menos (en teoría) en nombre de la Autoridad magisterial, una proposición que está en contradicción lógica con una proposición ya enseñada por el Magisterio… El católico no solamente no está obligado a adherir a tal proposición, sinó que, en buena conciencia, y en la medida en que conoce y constata la contradicción, está obligado a rechazarla, sea cual fuere la autoridad que la propone: sea su Párroco, su Obispo o el Papa… Haciendo esto no comete ningún error contra la Doctrina Católica (como es el caso normalmente cuando se opone al Magisterio auténtico) pues en sentido estricto, estas proposiciones no pueden estar acompañadas del carácter obligatorio ligado a la autoridad magisterial (aunque se inscriben en el cuadro del ejercicio de la autoridad de parte de su legítimo detentor), en la medida en que el Magisterio que ya los condenó no puede contradecirse”.

El autor distingue así: Magisterio: Si enseña doctrina de siempre = obliga; si la contradice = no obliga. Nosotros distinguiríamos así: obliga porque es Magisterio y como enseña siempre la Verdad; no obliga porque entonces o dejó de ser Magisterio o nunca lo fue. 

¿Qué es el Magisterio? (Ref. Salaberri, De Ecclesia l. 2 tesis 12, n. 504, p. 655. Ed. BAC): Munus tradendi Doctrinam a legitima auctoritate (El cargo o función de la legítima autoridad de trasmitir la Doctrina).

Esto supone dos cosas:
- En el Maestro: La potestad y el oficio de trasmitir la Doctrina (luego, la Verdad);
- En los discípulos: La obligación y el derecho de recibir la instrucción (porque no puede no ser verdad lo que enseña el Magisterio auténtico = oficio de enseñar la Doctrina).

Basta entonces con que el que detenta la Autoridad Magisterial manifieste la voluntad de enseñar trasmitiendo la Doctrina para que los discípulos estén obligados al asentimiento sinó nunca sabríamos cuándo debemos creer o a qué cosas.

El Magisterio no yerra porque tenga razón (que sí la tiene) sinó porque no puede errar ya que obligaría a otros al error.

Dice el papa León XIII: “Si (el Magisterio) que enseña pudiera ser falso de alguna manera, Dios mismo sería autor del error en el hombre, lo que claramente repugna” (Acta Apostolicae Sedis 28, 721).

En el mismo número 2, pag. 2 párrafo 2º defiende el autor que el Concilio Vaticano II “permanecerá en la historia de la Iglesia como aquél que proclamó a María, Madre de la Iglesia”. Hay aquí una afirmación completamente opuesta a un testigo ocular (de mucho respeto en la FSSPX, al menos en los dichos), la del Padre Berto, teólogo de Mons. Lefebvre durante el Concilio quien amarguísimamente afirma que el Concilio no quiso dedicar un esquema a la Virgen para no perturbar a los protestantes. Al respecto, baste leer en el libro del profesor Roberto de Mattei, “Vaticano II, una historia a escribir”, edición MULLER en francés, año 2013, págs. 194-198. Si hubo algún Concilio poco Mariano en la historia de la Iglesia fue precisamente Vaticano II. Contra factum non fit argumentum (contra el hecho no vale ningún argumento)

Ad Tertium

En el punto tercero de su artículo el autor habla de la solución propuesta por el extremo contrario o “extrema izquierda”, a saber, el absolutismo magisterial. Dicho breve según el autor la pretensión de que todo lo enseñado o afirmado como magisterial por el “Papa” hoy, debe ser aceptado como indiscutible. Recordemos que dijimos que al autor cita como autores relevantes en estos temas del Tratado de la Iglesia al Cardenal Billot, Zapelena, Salaberri entre otros. (Notas del artículo, pág. 7 nota nº 18 in fine).

Veamos el juicio que hace el autor acerca de esta posición de la “extrema izquierda” comparada con su cumbre intermedia entre dos errores:
“La autoridad magisterial, así, no debe ser confundida con el autoritarismo coercitivo de los escribas y de los fariseos (de ayer y de hoy) por el cual se pretende, aprovechando la función que los recubre, que los fieles adhieran a cualquier doctrina. Los que tienen el poder magisterial, así, no pueden contentarse con el reclamar pretender obligar a adherir a una doctrina para promulgar un acto de magisterio. No basta con escribir sobre un  texto Magisterio auténtico. Es preciso enseñar con autoridad, en nombre y por la autoridad de Jesucristo, mostrando el fundamento de esta doctrina en la Tradición de la Iglesia y su continuidad con las enseñanzas precedentes del Magisterio” (n.º 3, pág. 3 1er. Parágrafo que viene de la pág. anterior, in fine). Valga decir que estas características son las del Magisterio Solemne Extraordinario, nó las del Ordinario.

Veamos lo que dice al respecto el Padre Joaquín Salaverri S.J. en su De Ecclesia Christi, BAC, Sacrae Theologiae Summa T. I, pág. 701 nº 647 y 648 Madrid 1962 5º. Edición. Este teólogo es nombrado por el Padre Citati FSSPX (autor del artículo) como relevante en la materia (cita 18 del artículo):
“Además, el Sumo Pontífice tiene en la Iglesia toda la plenitud de la suprema potestade (Denzinger 1831). Luego, debe tenerla de toda manera como ésta se da en la Iglesia. En la Iglesia se da de dos maneras, extraordinaria (solemne) y ordinaria. Luego, el Sumo Pontífice tiene la potestad de la infalibilidadtambién de modo ordinario” (nº 647 obra citada).
“Además el Pontífice Romano, para ejercer su infalibilidad en cosas de Fe y Costumbres, de lo cual no discuten los autores, no se requiere que use la forma extraordinaria o solemne, lo que es el propio juicio Ex Cathedra; sinó que le basta cualquier otra forma ordinaria y común, de las que usa para enseñar a la Iglesia universal, con tal que exprese su intención de enseñar infaliblemente”. (nº 648 obra citada). “Este modo ordinario de enseñar infaliblemente lo usa el Pontífice Romano cuando propone en materia de Fe y Costumbres una Doctrina que ha de ser creída y absolutamente sostenida” (ídem, párrafo siguiente).
“Entonces, de la intención cierta y manifiesta de obligar a todos los fieles al asenso absoluto, se puede inferir el ejercicio del Magisterio Ordinario Infalible” (ídem, último párrafo antes del num. 649, obra citada).

Los Viejos Manuales Pre Conciliares de Eclesiología

Al final de su num. 4 el autor del artículo hace una afirmación asombrosa refiriéndose a los libros que han tocado el tema del Magisterio y que él mismo elogió en la nota num. 18: (sedevacantes y absolutistas del Magisterio) “tienen precisamente en común el defecto de no querer ver las diferencias (nuances, en francés) en la realidad y leer la realidad exclusivamente a la luz de los principios que se encuentran en los viejos manuales pre conciliares de eclesiología (dignos de alabanza para su época) pero desde ese punto de vista en adelante en parte inactuales”.

Aquí hay dos errores grotescos: 1º - La realidad del Magisterio muta; 2º - Mutemos entonces los manuales.

Lo mismo afirmó el autor en la página 2 de su artículo in capite: “Ciertamente es innegable que la concepción del Magisterio sufrió un cambio profundo en el curso de los últimos decenios (baste pensar, como signos externos de este cambio que el número de intervenciones magisteriales ha aumentado enormemente, a la vez que su solemnidad disminuía proporcionalmente y que, se agregaron a los órganos tradicionales otros cada vez más numerosos, como las diferentes Comisiones Pontificales y Teológicas cuya autoridad no es completamente clara)”.

Notemos primeramente que los cambios profundos a que alude el autor son: el número de intervenciones que aumentó enormemente, la menor solemnidad, las nuevas Comisiones. Consienta el lector que el número de algo o su menor solemnidad no altera en nada la naturaleza de algo, en este caso la del Magisterio Ordinario y que las Comisiones aludidas son aquellas de la iglesia conciliar en orden a consolidar los cambios posteriores a Vaticano II.

La Eclesiología de los Viejos Manuales es más que suficiente para explicar qué es el Magisterio de la Iglesia y cuánto obliga y cuándo sucede esto ya que no hace más que razonar a partir de las definiciones dogmáticas de los Concilios (particularmente Vaticano I) y la enseñanza ininterrumpida de Pontífices y Doctores como los textos que ya citamos.

“La concepción del Magisterio sufrió un cambio profundo”, claro que sí pero nó en la mente de la Santa Iglesia sinó a partir de las innovaciones conciliares. Sería lo mismo decir que la “concepción de la Santa Misa sufrió un cambio profundo a partir de la misa nueva, año 1969, de modo que los viejos manuales sobre el Santo Sacrificio en adelante serían inactuales”. Así como los Cardenales Ottaviani y Bacci dijeron que la nueva misa se aparta de manera impresionante de la teología católica de la Misa, de igual manera podríamos decirlo de la nueva concepción del Magisterio de la Iglesia.

¿Cuáles son los móviles del autor?
¿Cuáles las razones para razonar como lo hace?

Partamos de la afirmación de que su intención nos escapa aunque no escapa la intención manifiesta del artículo, a saber:
- Es error decir que si el Magisterio enseña errores, aún diciendo que quiere enseñar y que esa es la doctrina a creer, digamos que allí no está el Maestro, a saber, el Papa;
- Es error decir que si quieren enseñar manifiestamente errores e imponerlos eso sea Magisterio aunque el Maestro reconocido como tal (Papa) diga que sí es Magisterio.

La Santa Iglesia define claramente el Magisterio. Repitamos la frase de su Santidad León XIII: “Si (el Magisterio) que enseña pudiera ser falso de alguna manera, Dios mismo sería autor del error en el hombre, lo que claramente repugna” (Acta Apostolicae Sedis 28, 721).
Por ejemplo respecto a la canonización de los Santos dice el Cardenal Próspero Lambertini (eminente Tomista) año 1734, luego Papa que reinó con el nombre de Benedicto XIV, ref. Diccionario Apologético de la Fe, D’Alés, col. 1130 y subsiguientes: “El Soberano Pontífice no puede comprometer a la Iglesia en el error cuanto  a la regla de las costumbres proponiendo a la veneración por un acto de su plena autoridad apostólica a un pecador”.

Lo mismo enseña Santo Tomás de Aquino, Quodlibet IX, q. 7, a. 16: “En la Iglesia no puede haber error condenable, sería un error condenable si se venerara como Santo a alguien que fue pecador, porque algunos, conociendo sus pecados, creerían que esto es falso… Y si sucediere así podrían ser llevados al error (possunt ad errorem perduci)”.

El Magisterio es lo que es y funciona como funciona, sinó no es tal, pero no porque podamos decidir qué es enseñanza y qué no (aunque nos diga el supuesto “Maestro” que sí lo es) sinó porque sí llena las condiciones para serlo pero enseña error y lo impone, entonces su autor no puede gozar del Magisterio Universal.

Evidentemente si se niega que dichos Papas sean Papas es ridículo ir a Roma a pedir un lugar para la Tradición al lado de la misa nueva.

La solución de componenda no es sacar las conclusiones de la Doctrina de siempre (como debería ser)  sinó atenuar o cambiar la Doctrina afirmando que la Regla Próxima de la Fe puede medir cualquier cosa y de cualquier manera y que nosotros o, como dice al autor “los que tienen competencia” (artículo, nº 5, 3er. guión in fine) decidan qué debe aceptarse y qué nó de aquello que enseña la iglesia conciliar.

Esto es penoso en el autor que o no aprendió la Doctrina o aprendió la que recibió ya que sus Superiores en Italia publican su artículo en la Página Oficial. Esto es doblemente penoso.

Mons. Andrés Morello  (9 de enero del 2018)

* Artículo sobre el Magisterio de la Iglesia. Autor: Padre Ángelo Citati (Fraternidad Sacerdotal San Pio X) – Sitio del Distrito de Italia  de la dicha Fraternidad. Fecha: 25 de diciembre del 2017.

segunda-feira, 15 de janeiro de 2018

354ª Nota - A competência da Santa Sé em matéria de arte sacra


Na polêmica mundial, que tem interessado artistas e pensadores, relativa à influência moderna na arte sacra, a Suprema Congregação do Santo Ofício baixou a importante Instrução que esta folha publicou em seu último número. Um dos aspectos dessa Instrução que tem sido mais discutidos em certos meios consiste na competência da Santa Sé quanto ao assunto. Assim, é de real interesse transcrever o comentário que a esse propósito escreveu Monsenhor Celso Benigno Luigi Constantini (+1958), Cardeal e Consultor do Santo Oficio, no “Osservatore Romano”.

É fora de dúvida a competência absoluta da Santa Sé em matéria de arte sacra. Com efeito, a Igreja, por ser uma Sociedade perfeita, tem o direito e o dever de formular leis para os seus membros. Estas não suprimem a liberdade, mas a regulam. Servi legum sumus – dizia Cícero – ut liberi esse possimus. As leis são para os homens o que são os trilhos para a locomotiva; ninguém pensa que os trilhos tiram a liberdade à locomotiva.

A Congregação do Santo Ofício jamais cogitou de legislar em matéria de arte enquanto arte. Mas, quando esta pretende entrar nas igrejas com contrafacções sacrílegas, então cai naturalmente sob o poder da Autoridade Eclesiástica, a quem compete salvaguardar a pureza da fé e da moral. O mesmo ocorre com a literatura e a música, especialmente quando uma e outra se associam ao culto. O Bem-aventurado Pio X proscreveu das igrejas a música teatral, e ninguém considerou ilógica sua intervenção.

A Santa Igreja deixa, entretanto, ampla liberdade aos artistas para se exprimirem da maneira que julgam mais digna e que corresponde melhor ao seu temperamento. Toda a História o demonstra, desde os primeiros tempos. Emile Mâle diz que Jesus Cristo, nos primeiros séculos do Cristianismo, é representado na Grécia como um jovem imberbe, que faz lembrar a tradição clássico-pagã. Ao passo que, nos mosaicos de Jerusalém e da Síria, Nosso Senhor não é mais um adolescente grego, mas um semita, com a barba e os cabelos compridos. A graça grega acrescentou-se a dignidade varonil.

A arte helênica havia representado a Virgem com a túnica e as vestes das matronas de Antioquia e Alexandria. A arte de Jerusalém e da Síria apresentam-na coberta com o longo véu sírio, como as jovens de Jerusalém (E. Mâle: La fin du Paganisme en Gaule, Flammarion, 1950).

Esta liberdade de tipos, modos e técnicas levou os artistas de todos os tempos a interpretar os mistérios cristãos não tanto conforme a arqueologia e a etnologia, mas tendo em vista a necessidade de aproximar dos fiéis os mistérios sagrados e favorecer-lhes a piedade a instrução.

Rafael, para pintar a Escola de Atenas e o Triunfo da Eucaristia nas salas da Signatura, seguiu as sugestões dos humanistas e dos teólogos, mas ninguém irá imaginar que essas sugestões tenham feito arrefecer a inspiração de Rafael.

A Instrução define inicialmente a arte sacra: esta existe na medida em que assegura a dignidade da casa de Deus e favorece a fé e a piedade dos fiéis. Seu fim, claro e indiscutível, lhe especifica o caráter.

O Bem-aventurado Pio X põe-no em relevo de modo admirável, enunciando a parte negativa da arte sacra: “nada que perturbe ou sequer diminua a piedade e devoção dos fiéis deve entrar na igreja”.

Sua Santidade Pio XII precisa a sua finalidade na grande Encíclica Mediator Dei, convidando os artistas a inspirar-se na religião: “resultará assim que as artes humanas, por assim dizer vindas do céu, resplandeçam com luz serena, elevem grandemente a civilização humana, contribuam para a glória de Deus e a santificação das almas”. Pois assim é que as artes são verdadeiramente conformes com a religião quando estão ao serviço, “como nobres servas, do culto divino”.

O mesmo Soberano Pontífice Pio XII, na audiência que concedeu no dia 8 de abril de 1952 aos artistas da IV Quadrienal Romana, voltou a falar do conceito de arte cristã com estas palavras profundas: “Não é necessário que expliquemos a vós — que o sentis em vós mesmos, muitas vezes como nobre tormento — uma das características essenciais da arte, que consiste em certa afinidade intrínseca com a religião e faz dos artistas, de algum modo, os intérpretes das perfeições infinitas de Deus e particularmente de Sua beleza e harmonia. A função de toda arte é, com efeito, romper o círculo estreito e angustiante do finito, no qual está encerrado o homem, enquanto vive aqui em baixo, e abrir uma janela ao espírito que aspira ao infinito. Resulta daí que todo esforço — em realidade vão — que vise negar ou suprimir qualquer relação entre religião e arte, resultaria em uma diminuição da própria arte, pois, seja qual for a beleza artística que se queira tomar no mundo, na natureza, no homem, para exprimi-la por meio de sons, de cores ou de um jogo de massas, não poderá separar-se de Deus, desde que tudo o que existe está ligado a Ele por relações essenciais. Como na vida, não há portanto na arte — quer seja entendida como expressão do sujeito, quer como interpretação do objeto — o exclusivamente humano, o exclusivamente natural ou imanente. A arte se eleva ao ideal e à verdade artística com uma probabilidade de feliz êxito tanto maior quanto mais claramente refletir o infinito, o divino. Quanto mais vive o artista a religião, tanto melhor está preparado para falar a linguagem da arte, entender-lhe as harmonias, comunicar-lhe os frêmitos... O artista é por si mesmo um privilegiado entre os homens; mas o artista cristão é, em certo sentido, um eleito, porque é próprio dos Eleitos contemplar, apreciar e exprimir as perfeições de Deus. Procurai a Deus aqui em baixo na natureza e no homem, mas sobretudo em vós mesmos; não tenteis em vão exprimir o humano sem o divino, nem a natureza sem o Criador; harmonizai, pelo contrário, o finito com o infinito, o temporal com o eterno, o homem com Deus, e assim atingireis a verdade da arte, a verdadeira arte”.

A Instrução recorda solenes decisões de Concílios e Sínodos, e cita as disposições do Código de Direito Canônico, que constituem o corpus juris da arte sacra, entendida como precioso e venerável instrumento do culto externo.

Convém, entretanto, notar que nem toda arte sacra é litúrgica e que, quando não se enquadra nas exigências e funções do culto, está menos sujeita às leis litúrgicas.

Existe a arte sacra histórica ou narrativa, como a Missa de Bolsena, de Rafael; existe a arte da devoção privada, como os medalhões de núpcias de Boticelli; há a arte religiosa romântica, como o Angelus de Millet ou o Refugium peccatorum de Nono. Essa arte se desenvolve fora das igrejas e basta que não contenha algum falso dogma e tenha o cunho da honestidade e da dignidade que Leonardo chamava decoro e Michelangelo, conveniência.

Ao lado desta arte sacra que chamaremos exterior, existe a arte propriamente litúrgica ou eclesiástica, isto é, a que, como a música, a literatura, o drama, vive nas igrejas e para as igrejas, preparando o lugar para o próprio culto (arquitetura), pintando e esculpindo as imagens sagradas para serem objeto de veneração ou explicação do catecismo (biblia pauperum). A esta arte se acrescenta a variedade dos objetos eclesiásticos que fez a glória do artesanato cristão (cruzes, cálices, ostensórios, candelabros, turíbulos, etc.).

O Cristianismo, essa idéia-força, criou uma nova civilização e criou sua arte própria, infundindo alma nas máscaras apáticas da beleza clássica.

O templo pagão, que era o local reservado à divindade, torna-se igreja, isto é, o lugar para as reuniões litúrgicas e de catecismo dos fiéis. Nas galerias obscuras das Catacumbas brilha a intensa luz da vida imortal. As lágrimas da dor humana caem suavizadas ao pé da Cruz.

Michelangelo disse: “A arte verdadeira e nobre é religiosa. Não é senão uma cópia da perfeição de Deus, uma sombra do pincel com que Ele pinta, uma melodia, uma inspiração de acordo com Ele” (Grim., “Vida de Buonarotti”).

Ao invés, quando a pretensa arte sacra moderna, esquecendo o grande passado e extraviando-se na floresta selvagem das artes figurativas cubistas, abstracionistas, etc., trai seu caráter e fim, deforma e degrada as veneráveis imagens de Jesus Cristo, da Virgem Maria e dos Santos, suscitando a aversão e o escândalo, como visões blasfematórias, condena-se ela a si mesma e cai sob a sanção do can. 1279: Que o Bispo não permita jamais que sejam expostas nas igrejas ou noutros lugares sagrados imagens de falsos dogmas, e que não tenham a dignidade e honestidade necessárias e que constituam para o povo simples uma ocasião de erro.

Um filósofo ilustre escreveu: “É evidente que uma obra de arte tem um valor tanto maior quanto mais rica é a idéia da verdade universal que vive na individualidade de sua representação. O importante é que os dois valores não se contrariam, isto é, que para enriquecer a idéia da verdade não se lhe superponham concepções abstratas que lhe velem a luz” (B. Giuliano, “A arte e a transcendência da verdade”, Estética, pág. 442).

Sua Santidade Pio XII declara que é preciso “respeitar as exigências da comunidade cristã mais do que a opinião e o gosto pessoal dos artistas” (Mediator Dei).

Na arte cristã primitiva o Crucifixo era representado como um triunfador, com a coroa real sobre a cabeça: regnavit a ligno Deus. Repugnava representar Jesus Cristo humilhado sobre a cruz. Num painel das colunas de São Marcos em Veneza (século VI), Nosso Senhor está colocado na cruz sob a forma de Cordeiro. Mais tarde, porém, estabeleceu-se o costume de representar o Crucifixo factus pro nobis maledictum (Gal. 3, 13). Grunewal, no século XVI, pintou um Crucifixo com realismo revoltante. 

De qualquer modo devem os artistas abster-se de deformar e degradar a humanidade de Cristo, da Mãe Imaculada de Deus, e devem fugir ao costume, infelizmente muito difundido, de representar os Apóstolos e os Santos com fisionomias simplórias e com mãos e pés desproporcionados.
Catolicismo n° 22, outubro de 1952

sexta-feira, 12 de janeiro de 2018

353ª Nota - Santo Tomás de Aquino sobre a Imaculada Conceição


“Todos os filhos de Adão foram concebidos em pecado, exceto a puríssima e digníssima Virgem Maria que foi inteiramente preservada de todo o pecado, o original ou qualquer pecado venial.” (Santo Tomás de Aquino, in Comentário ao capítulo 3º da Carta aos Gálatas, sexta lição, primeiras edições)

“Pode haver uma criatura tão pura que não possa haver nada mais puro entre as coisas criadas. Tal foi a pureza da Virgem que foi livre de todo pecado original e atual.” (Santo Tomás de Aquino, in I Sent., dist. 44, quaest. 1, art. 3)

“A Santíssima Virgem foi santificada desde o ventre, quando sua alma se uniu ao seu corpo.” (Santo Tomás de Aquino, in 3ª Parte, Quest. 27, art. 2) 

terça-feira, 19 de dezembro de 2017

352ª Nota - Entorpecimento espiritual: raiz dos males atuais


Fique bem claro, caros filhos, que, na raiz dos males atuais e de suas funestas consequências, não está, como antes da vinda de Cristo ou nas regiões pagãs, a ignorância invencível dos destinos eternos do homem e das vias fundamentais para atingi-los, mas antes a letargia de espírito, a anemia de vontade, a frieza dos corações. Os homens atingidos por esse contágio tendem, para se justificar, a rodear-se das antigas trevas e procuram um pretexto em novos e antigos erros. É pois sobre suas vontades que é preciso agir (Pio XII, em Exortação aos fiéis de Roma, de 10-11-1952).

segunda-feira, 18 de dezembro de 2017

351ª Nota - O verdadeiro sentido da peregrinação


Catolicismo n° 22, outubro de 1952

RECEBENDO em Castelgandolfo um grupo de “Companheiros da São Francisco”, que partiam a pé para Assis em comemoração do 25º aniversário de sua associação, o Santo Padre Pio XII dirigiu-lhes palavras em que recorda o verdadeiro sentido e a utilidade espiritual da peregrinação. Disse Sua Santidade:

“Restituir ao século do automóvel, da estrada de ferro, do avião, a noção do alto significado espiritual da peregrinação, da estrada tenazmente palmilhada rumo às alturas consagradas pelo heroísmo dos Santos, eis certamente uma empresa digna dos grandes séculos de fé.

Nossos contemporâneos perderam muitas vezes, juntamente com a noção do sobrenatural, o senso das belas obras da criação, sobretudo dos lugares e coisas santificados pelas almas de escol, por aqueles que Deus marca com o Seu sinal e encarrega de transmitir a seus irmãos os dons do céu. A exemplo de Francisco de Assis, procurais reencontrar esta primeira manifestação da bondade e da grandeza de Deus pela contemplação de Sua obra. Ides reaprender fielmente esta grande lição nos lugares animados outrora por sua presença, diante das paisagens que o auxiliaram a elevar-se para o Senhor.

Vós ides sobretudo como peregrinos, ansiosos por ali renovar vossas profundas energias e por rejuvenescer vossas almas nesta fonte sempre fresca que São Francisco fez jorrar sobre a terra da Úmbria.

Uma tal meta não se pode atingir sem uma intensa preparação espiritual. De vossa parte, haveis escolhido a da peregrinação, tão tradicional e ao mesmo tempo tão eficaz. A peregrinação é uma longa caminhada, que começa por uma separação. Deixa-se sua própria região, a vida de todos os dias, esquece-se todas as lembranças banais ou mesquinhas, que entravam e freiam os melhores impulsos. E toma-se corajosamente a estrada. Renuncia-se às fáceis certezas da refeição, do alojamento; domina-se a fadiga. A oração abre então mais facilmente seu caminho para Deus. Quando o descanso reúne os companheiros, um fervor íntimo enriquece as almas, e difunde-se dentro em pouco ao uníssono de uma prece, de um canto, de uma troca de pensamentos e de sentimentos. Ela se exalta sobretudo, em uma tensão toda recolhida, ao redor do altar, quando o Corpo de Cristo oferecido em sacrifício vem alimentar o cristão em marcha para o Senhor.

A peregrinação reeduca em vós o espírito de penitência, o sentido da Providência e da confiança em Deus. Ela vos relembra mesmo, pode-se dizê-lo, o sentido da vida: um desapego do presente, das alegrias e tristezas de que se tecem vossos dias, para avançar rumo a um termo cujo atrativo vos fascina. Mas impossível de lá chegar sem uma renúncia à facilidade, às comodidades, e sobretudo sem guardar viva no fundo do coração a esperança que sustem vosso esforço. Os jovens cristãos compreenderam hoje em dia que escola de formação espiritual encontrariam neste caminhar. Não um caminhar profano, onde só se, procura a união com a natureza, mas um caminhar santificado pela oração e pela caridade”.


Nota: Nas peregrinações medievais notava-se não somente pessoas sãs que transpunham frequentemente a pé grandes distâncias, mas também doentes que se expunham corajosamente às intempéries e às fadigas, transportados em veículos primitivos.